Voy a presentarles
a ustedes el perro Paco. Pero... empezaré por el principio, pues
que solo así los hechos y las cosas
quedan en su punto. ¿Quien
era el perro Paco? Paco fue, dicho queda, nada menos que todo un perro.
Un perro, si, canis vulgaris,
de esos de los que se puede afirmar crías de veinte leches. Pero
un perro defensor heroico,
desde su primer capicolear,
de su independencia y de su caprichoso zascandileo.
De padres y lugar nativo
ignorados aún por los más agudos eruditos cronistas de la
Villa y Corte. Todos los cuales estuvieron
de acuerdo en algo muy
importante : las insuperables simpatía, agudeza, chulería
y malicia , insolencia respingona del chucho.
Bautizo
El nombre se lo puso,
vertiendole sobre la cabeza un chorro de champán, el excelentísimo
marqués de Bogaraya, grande de
España, ejemplo
impar en el bien vestir, comer y amar de la capital de España. Y
le puso tal nombre porque la noche en que
se conocieron ( 4 de
octubre, quinta mesa de la derecha, conforme se entraba en el café
Fornos,con ventanal a la calle
de Peligros) se conmemoraba
la festividad de San Francisco de Asís, el serafín más
a la hermana bestia.
Desde aquel momento,
el marqués fue el más decidido amigo - sin exigencias -
y el más constante protector -sin pretender
reciprocidades - del
perro Paco. El cual era de regular tamaño, negro como la pez, huesudo
a lo quijote, feo sin remedio y
nervioso hasta rozar
en lo histérico. Y posiblemente, desde que el señor marqués,
después de una opípara cena y ya a medios
pelos, le bautizó
con champán, sintió hacia él una amistad que se acrecentaría
día a día, en la que había, porque todo hay que decirlo,
no poca parte de egoísmo, como si de un mendigo bípedo se
tratase.
La mentada noche del
4 de octubre ( que lo era del año a1879) hizo su entrada en el café
Fornos el perro ( aún innominado),
humilde y capicoleando,
y con la legítima escama del posible puntapié de algún
camarero, del limpia o del expendedor de
tabacos y cerillas. En
la mentada mesa del amplísimo local, con unos amigos gorrones -
mal disimulados en literatura barata,
música ramplona,
filosofía rancia y política subversiva - terminaba de cenar,
también dicho está, el señor marqués de Bogaraya,
guapo y dandy, y riquísimo,
de única profesión concreta y confesable. Paco, luego
de olisquear por los rincones,
debajo de los divanes,
mesas y sillas, ojo a vizor de groseras botas disparadas contra él,
acertó a llegar a la mesa del noble
madrileño y a
sentarse a su vera, mirandole con ojos ávidos de amistad y ofreciéndole
tremendos bostezos de hambre canina.
Y el señor marqués,
a quien un gorrón más le importaba poco, le pasó la
mano suave, varias veces, por el lomo, y ante la
esperanzada pasividad
del can le vertió sobre la cabeza el chorro de champán al
tiempo de pronunciar una muy particular
fórmula bautismal
:
¡ Yo te bautizo
en el nombre de mi nobiliaria gana con el nombre de "Paco" , y te encomiendo,
desde ahora, al serafín
de Asís, reconociendome yo como tu padrino para cuando tu santo
patrono se descuide en
el socorrerte y defenderte, Amén !
Todos los gorrones bípedos,
testigos de aquel singular bautismo, entre grandes risotadas, casi todas
idiotas, se comprometieron
a igualmente socorrer
y defender al can. El neófito celebró su gran efemérides
comiéndose medio pollo en pepitoria, regalo de
su rumboso padrino. ¿
Pollo en pepitoria y carantoñas ? Nada mejor para sellar una lealísima
amistad.
La buena vida
Paco engordó,
se aburguesó, desdeño a no pocas perras guarras y perseguidoras,
porque como era lógico, Paco siguió
acudiendo a Fornos todas
las noches, y no tardó mucho en ganarse la amistad sincera de camareros,
cerilleros, limpia botas y
señoras de la
limpieza. Pronto su popularidad y la fama de sus muchas inteligencia y
simpatía excedieron del ámbito cafeteril y
se derramaron por todos
los lugares y estamentos de Madrid : casinos, teatros, cafés, sociedades
benéficas, plazas de toros,
bailes de costanilla,
merenderos populares de las afueras ...
Se le permitía
entrar en templos de tanta aristocracia como el de Calatravas y San José,
durante las misas mayores, ya que él
manifestaba su respeto
con un deslizarse fantasmal y sin proferir siquiera conato de ladrido.
Podía, impunemente en las barbas
de los guindillas, alzar
la pata en regadío contra los recién pintados faroles; y
subirse a los tranvías renqueantes - no pocas veces ocupando
asiento de tabla -; visitar tascas muy reputadas - de las que siempre sacaba
tajada -; curiosear entre los tenderetes del Rastro; compartir la torrija
con los cocheros del punto obsequiaban a sus jamelgos; contribuir con sus
piruetas y cabriolas a los jolgorios de las romerías y verbenas
más castizas...
El todo Madrid era amigo
entrañable de Paco se le guardaba respeto y contribuía a
su diaria manutención de la mejor gana.
Paco asistía a
los estrenos teatrales desde lo más alto del pasillo de butacas,
y solo se permitía ladrar furiosamente y lanzarse
hacia el escenario cuando
el público le daba mal ejemplo pateando y silbando la obra puesta
en escena. En los jardines del
Buen Retiro se deslizaba
Paco entre las parejas devotas de Terpsicore y sabia distinguir perfectamente
el pasodoble del chotis y
la habanera de la mazurca-
Paco, perfecto noctámbulo, retirábase a dormir, ya con el
alba bien apuntada, a un cocherón de la
calle de Fuencarral,
entrando en ella a mano derecha, a cuya puerta llamaba con los santo y
seña convenidos... Franqueada la
entrada, Paco encontraba
un amplio lecho de limpia paja en el rincón más abrigado
del local. Y mozos de cuadra y cocheros respetaban su sueño. ¡
Así da gusto vivir, querido "Paco" !, se decía a sí
mismo en los pocos momentos metafísicos que se concedía .
La tragedia
Este madrileño
tan querido y popularísimo, que jamas gravó los presupuestos
estatales, provinciales y municipales, murió
trágicamente una
tarde de mayo de 1882 ( ¡ Ahora se cumple el primer centenario de
su óbito, recordémoslo con respeto !)
Celebrábase en
la plaza de toros de la Fuente del Berro una de las llamadas novilladas
baratas, con la actuación de tres
presuntos novilleros,
actuantes con picadores. El tercero de los maletas, embutido en un terno
muy viejo y muy bien sudado,
oro ya sin cotización
y verde deslucidísimo, y que derrochaba miedo insuperable, después
de trapear al morlaco corniveleto y
mirada de mala leche,
le empezó a pinchar como a pellizcos, derrochando jindama.
El morlaco lanzaba fieros derrotes.
Rugía el público
de indignación y lanzando sobre el no matador, sino asesino, toneladas
de improperios del mayor calibre
denigratorio y muy complicados
con la ascendencia del no diestro, sino siniestro. Consultaba el usía
su reloj, mientras se fumaba
un veguero de agente
de Banca y Bolsa. Paco incapaz de reprimirse, ni menos ni más que
el futuro Julian de La verbena de la
Paloma, y como asistía
al espectáculo sentado en uno de los pilares pétreos de la
barrera, salto al ruedo para increpar a lo
vivo al poco diestro,
ya desfajado, arrugado, acanguelado novillero, metiendosele entre las tembliconas
piernas...
¡ Y lo que son
las cosas ! El espada que sableó cincuenta veces al cornúpeta
convertiéndole en acerico, pero sin acertar a
despenarle, aterrado
se revolvió contra Paco y le traspasó con un sablazo infame.
Lloraron las mujeres, pretendieron los hombres
linchar al asesino de
Paco. Tuvieron que intervenir los guardias bravamente para librar al maleta
de las iras públicas. la prensa comentó el suceso en primera
plana. El dolor por tan sensible pérdida se coló en ambas
Cámaras de la política, en el Palacio de
Oriente, en las Reales
Academias y en el Ateneo... El perro Paco recibió privilegiada sepultura,
exenta de pago alguno y a
perpetuidad en
el rincón más florido y bello de los jardines del Buen Retiro....
Y su recuerdo aún está caliente en los anales madrileños. |